Nos llega la orden por la noche del lunes santo, 11 de abril, y a las tres de la tarde del 12 salimos por la carretera hacia Arén. Hace mucho frío, el cielo gris. Pasamos el Puente de Montañana con respeto, recordando los muertos que costó a los requetés. El río no lleva mucho agua i parece que hubiera podido pasarse por varios vados próximos, como en realidad creo que hacen los Ortiz de Zárate. Andar y andar, unos quinze kilómetros. Llegamos a las seis. Nos reciben con una alegría imponente. No era cuento lo que nos habían dicho de la 69 Compañia. Los soldados se alojan bien y pronto. Los obsequian con todo el vino que quieren; bueno, con algo menos, porque los burgaleses no se sacian fácilmente. Uno de los que repite la visita nos lleva a los oficiales a casa del médico, que había estado escondido hasta ahora. Oímos la radio con un interés loco. El avance es ya decidido en toda la zona de operaciones. Se penetra hacia Tarragona o Castellón y si Dios no lo remedia, cualquier día de estos llegará al mar la Quarta de Navarra.
El médico quiere obsequiarnos con coñac y saca una botella escondida como él desde el día del Alzamiento, con gran misterio, casi con emoción. Es "Tres Cepas" de Domenq, lo de siempre, lo que a nosotros nos sobra. No lo sabe él y no queremos quitarle la emoción de obsequiarnos con lo mejor, con lo que nadie tenía hasta entonces. Lo paladeamos y, con asombro nuestro, sabe bastante mejor que lo que tomamos a diario en cantidades poco prudentes. Claro, como que la fabricación apresurada por la ingente demanda está acabando con "la madre" solera y hasta con los toneles del señor Domenq. Termina el parte de la radio, suena el himno nacinal y damos ejemplo levantándonos con un salto prusiano para saludar brazo en alto a sus acordes. La familia del médico se sobresalta un poco. No están para sustos, pero pronto comprenden todos y nos imitan con el mayor germanismo que puede pedirse a paisanos y paisanas. Dormimos allí, los que no tenemos servicio. Volvemos a andar a las seis y media de la mañana. Nos resulta un poco cruel este madrugón de levantarnos a las cinco el único día que dormimos en cama, pero así es la guerra. Andar y andar hasta cerca de veinte kilómetros que habrá de Arén a Pont de Suert, nuestro destino, remontando el río Ribagorzana casi hasta la afluencia del Noguera de Tor, un kilómetro al norte de este "Puente de la Suerte". Pasamos por Sopeira, en la carretera que va bordeando el río y ya muy abanzada la marcha nos desviamos a la izquierda para reconocer Santorens, nuestro último pueblo de la provincia de Huesca, pues no podemos olvidar la misión de flanqueo divisionario, aunque en realidad parezca que vamos de excursión. Santorens está al pié de un fuerte cerro, con más de 1.500 metros de cota y en lo alto la ermita de San Pedro. A Pont de Suert llegamos un poco tarde, entre dos luces. Nos alegra saber que es el primer pueblo catalán que pisamos. El tiempo está lluvioso, el suelo desempedrado y resbaladizo. Me doy prisa para localizar la casa que Teodoro, el ayudante, señala que será mi alojamiento y la oficina de mi compañia. El pueblo tiene ya pinta de pirenaico, con tejados oscuros o pálidos, bastante inclinados. Una señora anciana y encorvada sale muy ligera de la casa y murmura junto a mi algo extraño, que me suena a maleficio. Es así como: - "Bondiatingui…" - Que Dios la vendiga- digo. Mas vale pensar bien. Por Barbastro y más por Benabarre y mucho más por Montañana, ya hay cierto dialectismo catalán, pero yo no me imaginé que aquella mujer me saludaba normalmente dándome los buenos dias. De momento, renuncio a entender el catalán, Luego, tomando copas, nos hacemos amigos de unos paisanos. En la charla sale en seguida una distinción regional. Dicen: - Claro, ustedes los castellanos… - Oiga, amigo, que yo soy gallego- aclara Teodoro. - Y yo andaluz- dice el sargento Cobo. - Bueno, es igual, no siendo catalanes, nosotros los llamamos castellanos a todos… Cien días de fuego, J.M. Gárate (Ed. Queralt, 1971).
El pijama que duia feia riure. I anava descalç. Et sembla que les dotze de la nit són hores de fer anar el filaberquí